CÓMO NO SE MUERE TU CHINGADA MADRE*

Por Juan Carlos Castrillón
 
*Grafiti garrapateado en un anuncio publicitario de la novela Ojala Te Mueras a finales de los años
40 del siglo pasado.
 
Dedico este ensayo a mi maestro Gonzalo Martré, por sus 50 años como escritor.
 
Alegría de cargador. Alegría de conscripto. Alegría de ferrocarrilero. Alegría de malviviente y de soldado. De campesino y de minero. Alegría de degenerado. Alegría de nuevo rico…De satisfecho. De harto. 
Además usted paga y los dos nos emborrachamos.
Arles

 
¿Quién fue el escritor mexicano Rafael Arles? Un falso chiapaneco (ya que en realidad nació en Cocula, Jalisco, aunque amó mucho a Chiapas y falleció en Tuxtla Gutiérrez), iniciador de la literatura urbana, narrador subterráneo por excelencia, forjador de ideales escritos, ¿anarquista o comunista?; amigo de B. Traven, Elías Nandino, y la gran poeta Margarita Paz Paredes; frecuentador de congales; parroquiano de bares, fondas, y cafés de mala muerte; cliente predilecto de puestos nocturnos de “té de hojas con piquete”(donde, por cierto, logró lo inconcebible gracias a su libro: conseguir que le dejaran beber de fiado); habitador de buhardillas y cuartuchos en vecindades del centro de la ciudad; conocedor profundo de las miserias y las grandezas del espíritu humano. 
El Viejo Arles, autor de míticas novelas malditas y clandestinas, entre las que destaca precisamente Ojala Te Mueras escrita en 1943, ganadora del Premio Literario de Talleres Gráficos en 1945, publicada hasta el 47, rescatada por Gustavo Sainz en su Antología de Novelas Clandestinas en los años 80, reeditada en los 90 en la tercera serie de Lecturas Mexicanas, recomendada por el poeta-este si auténtico chiapaneco- Oscar Oliva. 
 
El Viejo Arles, heredero del Periquillo Sarniento, de Heriberto Frías, de Ángel del Campo “Micrós”-tal como Revueltas-, pero también de la literatura proletaria de los años 30, tan importante y tan poco conocida, desafortunadamente. Nos narra sabrosamente los desengaños, entuertos, conflictos, peleas, chismes, dolores y alegrías de los olvidados, los humillados y ofendidos; otorgándonos la fórmula heroica del francés Henry Barbusse (al que Arles seguramente leyó): la rebeldía de sonreír, de pie sobre la tierra de los muertos, la rebeldía de estar de fiesta en el crepúsculo, que es un triste sangrar…
 
Arles invierte el periscopio para analizar a “los probes” desde adentro, no los (nos) compromete, no los juzga, ni tampoco los consuela; se contenta con mostramos tal cual, a calzón quitado, dice Arles:
Pertenezco a una generación perdida.
No sin dolor me arranqué los viejos respetos por inútiles pero más cómodos.
Amo a México con todas sus virtudes y vicios capitales.
Creo en la revolución. Pero no en ésta.
Detesto la guerra. Pero no anhelo la paz con la miseria, la inseguridad, la desigualdad económica y la injusticia.
No creo en demagogias extremistas.
Vivo entre las gentes del pueblo que es el mío.
 
Rafael Ramírez(1912-1969), mejor conocido en los bajos fondos como el Viejo Arles, no pontifica, se atreve con audacia goethiana a seguir escandalizando a los hipócritas con su  prosa bronca, a continuar comprendiéndonos  a nosotros los huérfanos de capital, que aún debemos seguir explotando nuestros brazos, nuestro sudor, nuestras neuronas  por un mísero sueldo; para acallarnos la queja en los labios; para avergonzarnos, ya que si nosotros sufrimos , hay hermanas, carnales, que sufren al cuadrado de nosotros. ¡Qué digo al cuadrado, a la quinta potencia!
 
¡Arles ha muerto, que viva Ojala Te Mueras!
 
Termino con una nutritiva anécdota cortesía del maestro-otro distinguido chiapaneco- Roberto López Moreno:
 
Llegó muy contento el Viejo Arles al Café París, llevaba consigo un ejemplar único-el de muestra que le había entregado la editorial-de su novela Ojala Te Mueras- estaba radiante de felicidad porque al fin (después de toda una serie de graves vicisitudes donde un admirador de la obra hasta se ofreció a pagar con “cuerpomatic” a un millonario que se interesó en publicarla pero que penosa “condición”) al fin se había editado limpiamente, sin corrupciones de ningún tipo. Por supuesto, le propusimos festejar el hecho, y nos fuimos en bola al Bombay, ese que estaba por Garibaldi. No pedimos cartones de cerveza, ollas de mezcal, y jarras de pulque, como en la novela del Viejo Arles, pero si varias botellas de ron, brandy y tequila. La noche fue transcurriendo deliciosa entre copas, cubas, felicitaciones-hasta de los propios meseros-, cigarros, puros, y bailes de cachetito, cada quién con su respectiva “fichera”-que son una señoras que cobraban con fichas por bailar y abrazar a uno que otro borracho-así hasta que amaneció.
El viejo Arles salió del antro en la madrugada a punto de amanecer, dando tumbos, pero aún muy feliz. Cuando al fin llegó a su cantón, se dio cuenta horrorizado de que había olvidado el veintiúnico ejemplar de su libro en la barra del Bombay. Inmediatamente quiso salir corriendo y tomar un taxi para rescatar su texto del centro de guateques. Lo tuvimos que contener para que se tranquilizara, se durmiera un rato, y regresara al medio día. Estuvo aporreando la puerta Bombayesca hasta que le abrieron. Lo reconocieron y lo dejaron entrar. Diciéndole que sí, que ahí estaba su libro intacto. En el interior, una de las ficheras-borracha de ron y literatura, ya que había pasado el día leyendo el ejemplar irresponsablemente olvidado-lo recibió a gritos, exigiendo que se le corriera a patadas inmediatamente, amenazando con llamar a la policía (imagínate), armando un gran borlote.
El Viejo Arles con toda su dignidad, se desconcertó, y le preguntó a la  dama el porqué de su actitud; ésta respondió en medio de insultos y alaridos derrumbándose en el aserrín aún húmedo de la cantina:
-¡Porque usted no nos ve con ojos de hombre! ¡Usted se atreve a mirarnos con los ojos del alma!
¡Lárguese, sáquenlo de aquí!
 
Sobra decir que el autor salió huyendo, bastante satisfecho con los resultados de su trabajo.
 
Termino, ahora sí, ésta invitación urgente a recuperar a “Los Raros”-como dice Rubén Darío-, los subterráneos, marginados por el sistema, héroes de dignidad, arcángeles ardientes opositores al canon oficialista (ese que corrompe, mediocratiza y envilece a tantos “intelectuales”)-con la reflexión del Viejo Arles sobre el oficio de escribir, dedicado a esos redactores de lugares comunes, narradores de obviedades, histéricos poetisos, y serviles voceros de la ideología dominante, que ya porque publicaron un libro-o dos, o tres- se sienten divas, aunque no llegan más que a tristes vedettes:
 
En cuanto a “cómo se llega o qué hay que hacer para ser escritor”, confieso mi ignorancia. Yo sólo sé que se pueden obtener títulos profesionales por dedicación a una carrera y hasta adquirirse mediante trafique y la compra de papeles que los constaten. Me parece que no ha sido puesto en venta el título de escritor, y todavía se da, aunque circunstancialmente. Yo no tengo autoridad alguna para opinar en ese sentido, pero creo que el ser escritor implica, ante todo, ser sincero consigo mismo, adquirir y cumplir un compromiso con sigo mismo y con los demás y nunca tener prisas, pero constantemente laborar, pensando en que se puede servir más a nuestros semejantes si tenemos valor de asumir tan delicada responsabilidad y nuestra acción es fiel, corroboración de nuestros pensamientos.

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